|
Noviembre mes de Difuntos |
De tierra me formaste y me revestiste de carne; Señor, Redentor
mío, resucítame en el último día (De la Vigilia de Difuntos)
2. Al orar por los difuntos, la Iglesia contempla ante
todo el misterio de la resurrección de Cristo que, con su cruz, nos obtiene la
salvación y la vida eterna. Por eso, con san Odilón,
podemos repetir incesantemente: «La cruz es mi refugio, la cruz es mi camino y
mi vida. (...) La cruz es mi arma invencible. La cruz rechaza todo mal. La cruz
disipa las tinieblas ». La cruz del Señor nos recuerda que toda vida está
iluminada por la luz pascual, que ninguna situación está totalmente perdida,
puesto que Cristo ha vencido la muerte y nos ha abierto el camino de la
verdadera vida. La redención «se realiza en el sacrificio de Cristo, gracias al
cual el hombre rescata la deuda del pecado y es reconciliado con Dios» (Tertio millennio adveniente, 7).
4. Recordamos
también que el Cuerpo místico de Cristo está en espera de su unidad, al término
de la historia, cuando todos sus miembros alcancen la bienaventuranza perfecta
y Dios sea todo en todos (cf. Orígenes, Homilía
sobre el Levítico, 7). En efecto, la Iglesia espera la salvación eterna
para todos sus hijos y para todos los hombres. «Creemos que la Iglesia es
necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de
la salvación, que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente. Pero
el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que,
ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a
Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por
cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos
también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce, pueden conseguir la
salvación eterna (Pablo VI, Credo del pueblo de Dios, 23).
En espera de que
la muerte sea vencida definitivamente, los hombres «peregrinan en la tierra;
otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados,
contemplando claramente a Dios, uno y trino» (Lumen
gentium, 49; cf.
Eugenio IV, bula Laetantur coeli). Unida a los méritos de los santos, nuestra
oración fraterna ayuda a quienes esperan la visión beatífica. La intercesión
por los muertos, lo mismo que la vida de los vivos según los mandamientos
divinos, obtiene méritos que sirven para la plena realización de la salvación.
Se trata de una expresión de la caridad fraterna de la única familia de Dios,
por la que «estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia» (Lumen
gentium, 51): «Salvar almas que amen a Dios
eternamente» (Teresa de Lisieux, Oraciones, 6;
cf. Manuscrito A 77 r°).
Para las almas del purgatorio, la espera de la bienaventuranza eterna, del
encuentro con el Amado, es fuente de sufrimientos a causa de la pena debida al
pecado, que las mantiene alejadas de Dios. Pero también existe la certeza de
que, una vez acabado el tiempo de purificación, el alma irá al encuentro de Aquel
a quien desea (cf. Sal 42 y 62).
5. La contemplación de la vida de los
hombres que han seguido a Cristo nos anima a llevar una vida cristiana bella y
recta, que nos haga «dignos del reino de Dios» (2 Ts
1, 5). De hecho, estamos llamados a la «vigilancia sobrenatural», según la
expresión del cardenal Perraud (cf.
Carta con ocasión del noveno centenario de la fiesta en honor de los
difuntos), a fin de prepararnos cada día para la vida eterna. Como
subrayaba el cardenal John Henry Newman,
«no sólo debemos creer, sino también velar; no sólo amar, sino también velar;
no sólo obedecer, sino también velar (...). Posiblemente la vigilancia es la
prueba principal en que se reconoce al cristiano ». Dado que velar significa
«estar desapegados de las cosas presentes y vivir en lo que es invisible; vivir
con el pensamiento de Cristo, tal como él vino una vez y como vendrá de nuevo;
desear su venida» (Parochial and plain Sermons,
IV, 8).
6. Las oraciones de intercesión y de
petición, que la Iglesia eleva incesantemente a Dios, tienen un valor muy
grande. Son «propias de un corazón conforme a la misericordia de Dios» (Catecismo de la Iglesia
católica, n. 2635). El Señor se conmueve siempre ante las súplicas de
sus hijos, porque es Dios de vivos. Durante la eucaristía, mediante la oración
universal de los fieles y el memento por los difuntos, la comunidad
reunida presenta al Padre de toda misericordia a quienes han muerto, para que,
por la prueba del purgatorio, si tuvieran necesidad de ella, se purifiquen y
alcancen la bienaventuranza eterna. Al encomendarlos al Señor, nos sentimos
solidarios con ellos y participamos en su salvación, en el admirable misterio
de la comunión de los santos. La Iglesia cree que a las almas que están en el
purgatorio «les ayudan los sufragios de los fieles y particularmente el
aceptable sacrificio del altar» (Concilio de Trento, Decreto sobre el
purgatorio), así como «las limosnas, y otras obras de piedad» (Eugenio IV,
bula Laetantur coeli).
«En efecto, la misma santidad vivida, que deriva de la participación en la vida
de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación primera y fundamental a
la edificación de la misma Iglesia en cuanto .comunión de los santos.» (Christifideles laici,
17).
7. Así pues, aliento a los católicos a orar con fervor por los difuntos, por los de sus familias y por todos nuestros hermanos y hermanas que han muerto, para que obtengan la remisión de las penas debidas a sus pecados y escuchen la llamada del Señor: «Ven, querida alma mía, al descanso eterno entre los brazos de mi bondad, que te ha preparado las delicias eternas» (san Francisco de Sales, Introducción a la vida devota 17, 4).
255. La Iglesia ofrece el sacrificio
eucarístico por los difuntos con ocasión, no sólo de la celebración de los
funerales, sino también en los días tercero, séptimo y trigésimo, así como en
el aniversario de la muerte; la celebración de la Misa en sufragio de las almas
de los propios difuntos es el modo cristiano de recordar y prolongar, en el
Señor, la comunión con cuantos han cruzado ya el umbral de la muerte. El 2 de
Noviembre, además, la Iglesia ofrece repetidamente el santo sacrificio por
todos los fieles difuntos, por los que celebra también la Liturgia de las
Horas.
Cada día, tanto en la celebración de la
Eucaristía como en las Vísperas, la Iglesia no deja de implorar al Señor con
súplicas, para que dé a "los fieles que nos han precedido con el signo de
la fe... y a todos los que descansan en Cristo, el lugar del consuelo, de la
luz y de la paz".
Es importante, pues, educar a los fieles a la
luz de la celebración eucarística, en la que la Iglesia ruega para que sean
asociados a la gloria del Señor resucitado todos los fieles difuntos, de
cualquier tiempo y lugar, evitando el peligro de una visión posesiva y
particularista de la Misa por el "propio" difunto. La celebración de
la Misa en sufragio por los difuntos es además una ocasión para una catequesis
sobre los novísimos.
256. Al igual que la Liturgia, la piedad
popular se muestra muy atenta a la memoria de los difuntos y es solícita en las
oraciones de sufragio por ellos.
En la "memoria de los difuntos", la
cuestión de la relación entre Liturgia y piedad popular se debe afrontar con
mucha prudencia y tacto pastoral, tanto en lo referente a cuestiones
doctrinales como en la armonización de las acciones litúrgicas y los ejercicios
de piedad.
257. Es necesario, ante todo, que la piedad
popular sea educada por los principios de la fe cristiana, como el sentido
pascual de la muerte de los que, mediante el Bautismo, se han incorporado al
misterio de la muerte y resurrección de Cristo (cfr. Rom 6,3-10); la inmortalidad del alma (cfr.
Lc 23,43); la comunión de los santos, por la que
"la unión... con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de
ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia,
se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales":
"nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también
hacer eficaz su intercesión en nuestro favor"; la resurrección de la carne;
la manifestación gloriosa de Cristo, "que vendrá a juzgar a los vivos y a
los muertos"; la retribución conforme a las obras de cada uno; la vida
eterna.
En los usos y tradiciones de algunos pueblos,
respecto al "culto de los muertos", aparecen elementos profundamente
arraigados en la cultura y en unas determinadas concepciones antropológicas,
con frecuencia determinadas por el deseo de prolongar los vínculos familiares,
y por así decir, sociales, con los difuntos. Al examinar y valorar estos usos
se deberá actuar con cuidado, evitando, cuando no estén en abierta oposición al
Evangelio, interpretarlos apresuradamente como restos del paganismo.
258. Por lo que se refiere a los aspectos
doctrinales, hay que evitar:
- el peligro de que permanezcan, en la piedad
popular para con los difuntos, elementos o aspectos inaceptables del culto
pagano a los antepasados;
- la invocación de los muertos para prácticas
adivinatorias;
- la atribución a sueños, que tienen por
objeto a personas difuntas, supuestos significados o consecuencias, cuyo temor
condiciona el actuar de los fieles;
- el riesgo de que se insinúen formas de
creencia en la reencarnación;
. el peligro de
negar la inmortalidad del alma y de separar el acontecimiento de la muerte de la
perspectiva de la resurrección, de tal manera que la religión cristiana
apareciera como una religión de muertos;
- la aplicación de categorías espacio
temporales a la condición de los difuntos.
259. Esta muy
difundido en la sociedad moderna, y con frecuencia tiene consecuencias
negativas, el error doctrinal y pastoral de "ocultar la muerte y sus
signos".
Médicos, enfermeros, parientes, piensan
frecuentemente que es un deber ocultar al enfermo, que por el desarrollo de la
hospitalización suele morir, casi siempre, fuera de su casa, la inminencia de
la muerte.
Se ha repetido que en las grandes ciudades de
los vivos no hay sitio para los muertos: en las pequeñas habitaciones de los
edificios urbanos, no se puede habilitar un "lugar para una vigilia
fúnebre"; en las calles, debido a un tráfico congestionado, no se permiten
los lentos cortejos fúnebres que dificultan la circulación; en las áreas
urbanas, el cementerio, que antes, al menos en los pueblos, estaba en torno o
en las cercanías de la Iglesia – era un verdadero campo santo y signo de la
comunión con Cristo de los vivos y los muertos – se sitúa en la periferia, cada
vez más lejano de la ciudad, para que con el crecimiento urbano no se vuelva a
encontrar dentro de la misma.
La civilización moderna rechaza la
"visibilidad de la muerte", por lo que se esfuerza en eliminar sus
signos. De aquí viene el recurso, difundido en un cierto número de países, a
conservar al difunto, mediante un proceso químico, en su aspecto natural, como
si estuviera vivo (tanatopraxis): el muerto no debe
aparecer como muerto, sino mantener la apariencia de vida.
El cristiano, para el cual el pensamiento de
la muerte debe tener un carácter familiar y sereno, no se puede unir en su
fuero interno al fenómeno de la "intolerancia respecto a los
muertos", que priva a los difuntos de todo lugar en la vida de las
ciudades, ni al rechazo de la "visibilidad de la muerte", cuando esta
intolerancia y rechazo están motivados por una huida irresponsable de la
realidad o por una visión materialista, carente de esperanza, ajena a la fe en
Cristo muerto y resucitado.
También el cristiano se debe oponer con toda
firmeza a las numerosas formas de "comercio de la muerte", que
aprovechando los sentimientos de los fieles, pretenden simplemente obtener ganancias
desmesuradas y vergonzosas.
260. La piedad popular para con los difuntos
se expresa de múltiples formas, según los lugares y las tradiciones.
- la novena de los difuntos como preparación
y el octavario como prolongación de la Conmemoración del 2 de Noviembre; ambos
se deben celebrar respetando las normas litúrgicas;
- la visita al cementerio; en algunas
circunstancias se realiza de forma comunitaria, como en la Conmemoración de
todos los fieles difuntos, al final de las misiones populares, con ocasión de
la toma de posesión de la parroquia por el nuevo párroco; en otras se realiza
de forma privada, como cuando los fieles se acercan a la tumba de sus seres
queridos para mantenerla limpia y adornada con luces y flores; esta visita debe
ser una muestra de la relación que existe entre el difunto y sus allegados, no
expresión de una obligación, que se teme descuidar por una especie de temor
supersticioso;
- la adhesión a cofradías y otras
asociaciones, que tienen como finalidad "enterrar a los muertos"
conforme a una visión cristiana del hecho de la muerte, ofrecer sufragios por
los difuntos, ser solidarios y ayudar a los familiares del fallecido;
- los sufragios frecuentes, de los que ya se
ha hablado, mediante limosnas y otras obras de misericordia, ayunos, aplicación
de indulgencias y sobre todo oraciones, como la recitación del salmo De profundis, de la breve fórmula Requiem
aeternam, que suele acompañar con frecuencia al
Ángelus, el santo Rosario, la bendición de la mesa familiar.